«El Señor se ha hecho pobre por nosotros en este mundo. Ésta es la excelencia de la altísima pobreza que os ha constituido a vosotras, amadísimas Hermanas mías, herederas y reinas del Reino de los Cielos, os ha hecho pobres de cosas y os ha enaltecido en virtudes. Sea ésta vuestra porción, la que conduce a la tierra de los vivos, estrechaos a ella totalmente, amadísimas Hermanas, y, por el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, ninguna otra cosa queráis tener jamás bajo el cielo». (Reg CI, 8)

Ser Clarisa



“¡Con cuánta solicitud, pues, y con cuánto empeño de alma y de cuerpo no debemos guardar los Mandamientos de Dios y de Nuestro Padre Francisco para que, con la ayuda del Señor, le devolvamos multiplicado el talento recibido!”. (Testamento 18)

La Iglesia establece un tiempo de discernimiento gradual, denominado etapa de formación inicial, antes de que la mujer cristiana profese los votos solemnes en la Orden de Santa Clara. Es un margen de tiempo suficiente para conocer a fondo el carisma clareano y la obligación que lleva consigo la vocación de clarisa: un tiempo de conocimiento con la Comunidad, un año de postulantado, dos años de noviciado y tres años de juniorado.

Estos primeros años son tiempo de formación. Es asignada una Hermana Maestra que ayuda a las formandas a madurar la elección libre de entrar en la Orden. A este objetivo final están ligados otros elementos: la comprobación, por parte de la formanda y de la Comunidad, de la autenticidad de la llamada; y la maduración a una nueva disposición de ánimo, en ruptura con su precedente condición de vida.


Tras un tiempo de conocimiento y aproximación a la Comunidad, el postulantado comienza cuando la joven, mediante una solicitud explícita, llama a la puerta del monasterio, aceptando las exigencias de un periodo de contacto interno más estrecho con la Comunidad. Acaba cuando pasado el tiempo de maduración establecido por la Orden, como ya se ha dicho de un año, la candidata manifiesta la libre y clara decisión de iniciar su noviciado.

Para ello la Comunidad habrá verificado con los hechos de la joven su capacidad de ruptura con relación al estilo precedente de vida, pero sin exigirle aún que sea capaz de satisfacer todas las exigencias de la vida monástica.


Entre los otros beneficios que hemos recibido y recibimos cada día de nuestro espléndido benefactor el Padre de las Misericordias, y por los que más debemos dar gracias al Padre Glorioso de Cristo, está el de nuestra vocación, por la que, cuanto más perfecta y mayor es, más y más deudoras le somos.” (Testamento 2-3)

El noviciado comienza con la toma del santo hábito, y la recepción de un nuevo nombre religioso (según los monasterios). Durante el mismo, la Maestra ayudará a la novicia a ver su realidad personal y a descubrir sus verdaderas motivaciones y aspiraciones, orientándola, a través de un proyecto de maduración humana y religiosa, hacia una opción libre y responsable. Los contenidos de esta formación se estructuran en cuatro áreas: espiritual, psicológica, humana y afectiva.

Alcanzada esta formación optará con el beneplácito de toda la Comunidad a profesar los votos temporales. Tres años después será aceptada, Dios mediante, a la profesión solemne o perpetua.