«El Señor se ha hecho pobre por nosotros en este mundo. Ésta es la excelencia de la altísima pobreza que os ha constituido a vosotras, amadísimas Hermanas mías, herederas y reinas del Reino de los Cielos, os ha hecho pobres de cosas y os ha enaltecido en virtudes. Sea ésta vuestra porción, la que conduce a la tierra de los vivos, estrechaos a ella totalmente, amadísimas Hermanas, y, por el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, ninguna otra cosa queráis tener jamás bajo el cielo». (Reg CI, 8)

Fraternidad



“Mantengan entre todas la unidad del mutuo amor que es vínculo de perfección” (Regla X,7)

La fraternidad evangélica es para San Francisco y Santa Clara uno de los ejes entorno al que gira nuestra vida. Esta fraternidad parte de una experiencia de fe: “cuando el Señor me dio Hermanos”, dirá San Francisco en su Testamento; “juntamente con las pocas Hermanas que el Señor me había dado a raíz de mi conversión”, nos dice en su Testamento Santa Clara.


“Amándoos mutuamente con la caridad de Cristo, mostrad exteriormente por las obras el amor que interiormente os alienta, a fin de que, estimuladas las Hermanas con este ejemplo, crezcan siempre en el amor de Dios y en la caridad recíproca” (Testamento)

Surge así el valor inestimable del don de la fraternidad, de la comunión de vida en fraternidad, de la vida en comunión de amor. No en vano, San Francisco es considerado el “Hermano universal”, y Santa Clara ha sido definida como “fuego de caridad, miel de bondad, lazo de paz y comunión de fraternidad”. Por eso nosotras vivimos una alegría fraterna que no acaba sino que se esparce. Y es esta fraternidad el lugar en el que el Evangelio es vivido en lo cotidiano. La vida fraterna es nuestro rostro, vocación y misión, nuestra forma de vivir el Evangelio y dar testimonio de Cristo.