«El Señor se ha hecho pobre por nosotros en este mundo. Ésta es la excelencia de la altísima pobreza que os ha constituido a vosotras, amadísimas Hermanas mías, herederas y reinas del Reino de los Cielos, os ha hecho pobres de cosas y os ha enaltecido en virtudes. Sea ésta vuestra porción, la que conduce a la tierra de los vivos, estrechaos a ella totalmente, amadísimas Hermanas, y, por el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, ninguna otra cosa queráis tener jamás bajo el cielo». (Reg CI, 8)

Contemplación



“Orar continuamente al Señor con un corazón puro" (Regla X,10)

Somos monjas contemplativas que seguimos la vida evangélica abrazada por Santa Clara, siguiendo el ejemplo de Nuestro Padre San Francisco, siendo este seguimiento nuestra respuesta al amor de Dios revelado en la Encarnación, Vida, Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Y así como la Virgen María “guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,51), nosotras contemplamos en el Evangelio los misterios de Jesucristo y su camino de perfección.


“Observa, considera, contempla, con el anhelo de imitarle, a tu Esposo, el más bello entre los hijos de los hombres” (2 Cta)


La contemplación es el corazón de nuestra vida, y por la oración nos unimos también al corazón de todos los hombres, a quienes encomendamos al Señor en sus penas y alegrías. La Santa Misa es el centro de nuestra jornada monástica, y a lo largo del día nos unimos a la oración de toda la Iglesia con las alabanzas del Oficio Divino (Oficio de Lecturas, Laudes, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas). Con el Santo Rosario oramos a la Virgen Madre y con Ella, siempre al pie de la Cruz de su Hijo y Esposo Nuestro. La oración mental alimenta nuestras almas en la unión con Dios, y con la Adoración de su Cuerpo y Sangre testimoniamos nuestra fe en su Presencia Real y le agradecemos el don de sí mismo para que nosotras vivamos en Él.