«El Señor se ha hecho pobre por nosotros en este mundo. Ésta es la excelencia de la altísima pobreza que os ha constituido a vosotras, amadísimas Hermanas mías, herederas y reinas del Reino de los Cielos, os ha hecho pobres de cosas y os ha enaltecido en virtudes. Sea ésta vuestra porción, la que conduce a la tierra de los vivos, estrechaos a ella totalmente, amadísimas Hermanas, y, por el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, ninguna otra cosa queráis tener jamás bajo el cielo». (Reg CI, 8)

Clausura



La clausura de Santa Clara y de sus hijas nace del deseo de amar sin reservas a Aquél que se nos ha dado totalmente por amor. Nos retiramos al claustro para formar una fraternidad de Hermanas en la que Dios se hace presente como Padre, y el Señor Jesús como Esposo. En este contexto, el silencio y la clausura papal son medios para la escucha de la voz del Amado y para el encuentro con Él. Escondidas a los ojos del mundo, oramos por los hombres, por el apostolado de nuestros Hermanos Menores y por toda la Iglesia. Salimos de la clausura por necesidades tales como la asistencia médica, la asistencia a las reuniones federales o a cursos de formación, o para votar en las elecciones democráticas. La clausura no es un fin sino un medio para guardar mejor nuestra forma de vida.